Artemio Lupín

Un blog literario, cultural y satírico que pretende practicar la crítica social y de costumbres.

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Sunday, March 01, 2009

Stalin revisitado en polémica biografía


El arquitecto brasileño Oscar Niemeyer fue quien arrojó la primera piedra. Con la impunidad que le dan sus 101 años bien vividos ─ una edad en la que, vamos, uno está más allá del bien y el mal─, escribió hace poco tiempo una provocativa columna en Folha de Sao Paulo en la que se permitió recomendar un libro que, en su opinión, reivindica la figura de José Stalin. Algo de por sí al menos discutible.

El libro de marras es “Llamadme Stalin: La historia secreta de un revolucionario” (Crítica, 2007) ─ “O jovem Stalin”, en su versión en portugués─ y fue escrito por el historiador británico Simon Sebag Montefiore, quien ya dedicó otro texto a la figura de Ióssif Vissarionóvitch Djugachvíli: “La corte del zar rojo”, en el que se codean Beria, Molotov, Malenkov y otros dirigentes que formaron parte de su círculo áulico.

La columna de Niemeyer no tuvo, sin embargo, la repercusión que uno podría suponer a partir de su osada defensa de un personaje bastante estigmatizado, como es el georgiano que llegó a ser el líder máximo de la extinta Unión Soviética tras la muerte de Lenin (1924) y hasta su propio deceso (1953).

¿Las razones? Probablemente nadie en Brasil quiere engancharse en disputas con una gloria nacional como es Niemeyer, de antigua militancia comunista (aunque hoy no está en las filas de ningún partido), y que además fue exiliado por la dictadura militar brasileña, debiendo buscar refugio en Francia.

Como sea, no pasé por alto su recomendación por dos razones al menos. Una: Rusia como país me resulta cautivante por un sinnúmero de causas (Chejov, Maiacovski, Eisenstein, Pushkin, Tchaikovski, Rimsky-Korsakoff, entre ellas...), y el experimento soviético, que marcó gran parte de la historia del siglo XX, es para mí todavía un misterio irresoluble, con zonas oscuras que aún no terminan de ser iluminadas. Como decía Chou En Lai, refiriéndose a la Revolución Francesa ─ y la analogía vale también para la URSS─, está muy cerca en el tiempo como para ser juzgada.

La otra razón es que tengo una debilidad congénita por los historiadores ingleses. Pocos han descrito, por ejemplo, la Guerra Civil Española con el distanciamiento y la máxima objetividad posible de un Hugh Thomas. O la batalla de Stalingrado con el mismo espíritu, relativamente aséptico, de un Antony Beevor. Reconocido rusófilo que, dicho sea de paso, descubrió a Vasily Grossman, escritor olvidado con el cual Occidente se reencontró no hace mucho, a través de obras monumentales como “Vida y destino”.

Ese cóctel de motivos me llevó a buscar el libro y a leerlo. Lo que sigue son apuntes veloces que podrán darles una somera idea de su contenido. Y de sus yerros y logros.

1. Stalin no se llamaba Stalin. Durante toda su vida previa al ascenso al poder, Djugachvíli tuvo un sinfín de nombres, como es lógico que acontezca cuando se vive en la más estricta clandestinidad, pero Stalin fue el último de sus nomes de guerre. Para sus amigos en Georgia, su familia y quienes lo trataban con más intimidad, era conocido como “Sossó”. También se hacía llamar Sosseló, Bessó, Koba, Ivánovitch, Kató, Óssip, El Caucasiano, El Lechero, Sáfin. Y en la última etapa de su vida como ilegal adoptó el nombre de Stalin, que vendría a significar algo así como “hombre de acero”.

2. Stalin era poeta y un voraz lector. Pese a que en el seminario donde estudiaba para ser sacerdote ortodoxo ─ debido principalmente al deseo de su madre, Keké, y contra la voluntad de su padre, el zapatero Bessó─, los profesores no hacían un gran esfuerzo por fomentar el interés por la cultura caucasiana, siempre sacó nota máxima en su idioma natal, el georgiano. Según un testigo que lo conoció en sus años mozos, no leía libros sino que los devoraba, y pronto comenzó a adquirir una irrefrenable pasión por los frutos prohibidos dentro de ese cuartel que era el seminario. “El origen de las especies”, de Darwin, trazó un antes y un después en sus lecturas, llevándolo al ateísmo, en el que perseveró después de conocer la “Vida de Cristo”, de Renan, otro clásico de la escuela librepensadora. Siendo adolescente publicó poemas en el periódico Ivéria, de Georgia, y figuró en antologías publicadas en la era soviética. Leía a Goethe y a Shakespeare, y recitaba a Walt Whitman. Y ya en el poder, protegió en ocasiones a autores como Pasternak, Ehrenburg o Bulgákov, con llamadas telefónicas a los propios interesados que a veces podían marcar la diferencia entre la vida y la muerte, o el aislamiento y el reconocimiento público.

3. Stalin, asaltante de bancos. Según Sebag, el cimiento sobre el cual Stalin construyó su carrera dentro de la fracción bolchevique del Partido Obrero Social Demócrata ruso, fueron los espectaculares asaltos de bancos y navíos con cargamentos de dinero, realizados por la “Drujina”, un grupo de hombres y mujeres de acción a los que él comandaba. Esos golpes de mano le permitieron convertirse en un eficaz recaudador de fondos para la actividad clandestina de los bolcheviques, cuyo estado mayor estaba bajo la égida de Vladimir Ilich Ulianov, Lenin. Como se sabe, hacer política en cualquier escenario o época resulta caro, y la implacable persecución del régimen zarista autocrático tampoco le hacía las cosas fáciles a la oposición, por lo cual los recursos que aportaba Stalin, quien se reveló como un hombre decidido y funcional en ese ámbito, eran vitales para el funcionamiento del ala más radical del POSDR. Impiadoso con el “enemigo de clase”, puso en práctica desde los inicios de su compromiso político el lema creado por los jesuitas: “el fin justifica los medios”.

4. Stalin, ¿agente de la Okhrana? Este es un mito, de los muchos creados por sus enemigos, que no fueron pocos, que Sebag destruye. Al mismo tiempo que crea otros, sin ningún fundamento ni prueba testimonial en su favor, como cuando gasta páginas y páginas para contarnos que en Tiflis y Góri corría el rumor de que Stalin no era hijo del zapatero remendón, al cual se parecía como una gota de agua, sino de algún notable del lugar (¿visión “clasista” tal vez la de Sebag que no admite que un hombre muy discutible pero notable al fin pueda ser hijo de un pobre diablo?). Stalin tuvo suerte al escapar por poco, en muchas ocasiones, de la persecución de la eficiente policía secreta del zar Nicolás II, que le pisaba de cerca los talones. Pero eso no lo puso a salvo de varias deportaciones, incluyendo una en la gélida Siberia. Conspirador nato, olía a los “fantasmas”, nombre que le daban los bolcheviques a los agentes de la Okhrana, y no le tembló la mano a la hora de ordenar ejecutar a quienes le parecían sospechosos. Al único que no detectó a tiempo fue a Roman Malinowski, infiltrado en la dirigencia máxima del sector leninista de la socialdemocracia, quien lo entregó a la Okhrana, en su última y más dura detención, en 1913.

El grueso volumen, se los aclaro de entrada, tiene 500 y tantas páginas. Y no cerraré esta columna, pese a que la tentación es grande, con ningún juicio de valor, pues los llamados a hacerlos son quienes se atrevan a leerlo y a sacar sus propias conclusiones.

Sólo diré que Stalin y el estalinismo fueron, en mi modesta opinión, una de las expresiones más exacerbadas de un mundo polarizado en una forma absolutamente extrema. Hubo varias generaciones, las de entreguerras y las de buena parte de la Guerra Fría, que se vieron obligadas a elegir entre una dicotomía de hierro: primero, Hitler o Stalin, sin muchas opciones intermedias, en no pocos casos (en Europa Central y del Este, por ejemplo, pero también de algún modo en Francia, España e Italia); y luego quedaron atrapadas por la dura lógica del conflicto Este-Oeste.

De ese modo uno se explica o puede entender que personajes tan escasamente sospechosos de autoritarismo o antidemócratas, y más bien perseguidos por sus ideas, como Pablo Neruda, Paul Eluard, Pablo Picasso, Rafael Alberti, Miguel Hernández, Cesare Pavese, César Vallejo, Jorge Amado, Jorge Semprún o el propio Niemeyer hayan visto alguna vez en Stalin al “gran conductor de los pueblos” y a la única opción frente al fascismo, obviando o desconociendo la pesadilla del Gulag.

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Wednesday, April 30, 2008

¿Por qué cayó la URSS?: Una visión desde la historia


Es curioso que habiendo sido la extinta Unión Soviética un actor de primer orden de la escena internacional durante buena parte del siglo XX, hoy casi no se hable de ella y sólo se la mencione de soslayo, casi en forma vergonzante.

Sus enemigos cambiaron rápidamente el punto de mira de sus cañones y sus amigos se desentendieron de la experiencia fracasada, arrojando en muchos casos a la criatura junto con el agua sucia de la bañera.

Como sea, mientras la historia no emita un juicio definitivo, lo cual sin duda va a demandar un buen tiempo (cabe aquí recordar a Chou En Lai, diciendo que aún era muy temprano para evaluar a la Revolución Francesa), habrá que estar dispuesto a seguir escuchando sandeces al por mayor.

Un libro que escapa con creces a la regla del menor esfuerzo que consiste en repetir bobadas, con total impunidad, es “El siglo soviético: ¿Qué sucedió realmente en la Unión Soviética?”, de Moshe Lewin, académico de la Universidad de Pennsylvania, según la escueta información de solapa.

Lewin, nacido en Wilno, Polonia, en 1920, trabajó siendo joven en una granja colectiva soviética y luego fue oficial del Ejército Rojo. Emigró en 1945 a Israel, donde se enroló en el laborismo, y obtuvo después un doctorado en historia en la Sorbona.

El libro en comento marca el punto más alto de su obra como historiador. Publicado el 2005 en el mundo anglosajón, al año siguiente Crítica ofreció la versión en castellano de un texto que ha sido elogiado sin retaceos por figuras de la talla de Eric Hobsbawm.

Para el autor británico, este trabajo representa “una contribución decisiva para emancipar la historia de la Unión Soviética de la herencia ideológica del siglo pasado y debería ser lectura obligada para cuantos aspiren a entenderla”.

El grueso volumen, de 500 páginas, pasa revista al largo proceso que se extiende entre la Revolución de Octubre, en 1917, y la desaparición de la URSS, en 1991.

La feroz semilla de los años 30

Los años 30 ocupan, por cierto, un lugar muy especial en la historia “relativamente corta del sistema soviético”. Son los años del drama de un país que no se había recuperado del todo de los estragos de la I Guerra Mundial y de la guerra civil (1918-1921), con el breve paréntesis de la Nueva Política Económica (NPE), en los 20, para caer en la dinámica de la colectivización forzada del agro y los planes quinquenales.

Este proyecto nacional sin precedentes, cuya meta era la industrialización y que estaba guiado por el principio de la factibilidad de la construcción del socialismo en un solo país, bajo la severa conducción de Stalin, fue un punto de inflexión rotundo y decisivo, mientras Occidente vivía los efectos de la recesión y el hundimiento de las bolsas.

“Que tanta gente, simultánea o posteriormente –dice Lewin -, se negara a creer que Stalin era la imagen de la mente criminal de un régimen basado en el terror puede guardar mucha relación con aquellos aspectos de su política que estuvieron, indudablemente, al servicio de los intereses del país”.

Y agrega: “Muchos observadores rusos y no rusos coinciden en que la victoria de la URSS en la Segunda Guerra Mundial fue una gesta que salvó al país y que tuvo un impacto internacional considerable, y que ni el zarismo, ni cualquier otro régimen similar habrían podido lograrlo”.

¿Significa esto exculpar la existencia del gulag? En modo alguno. Pero ayuda a ubicar cada cosa en su lugar, sin dejarse llevar por simplificaciones ni reduccionismos. El libro de Lewin revela cómo el Partido Comunista de la URSS se fue convirtiendo, poco a poco, en una cáscara vacía de contenido, en la medida en que Stalin lo transforma en mera correa de transmisión de sus órdenes y sofoca la agitada vida interna que siempre había animado a la fracción bolchevique del Partido Obrero Social Demócrata ruso.

Desde episodios ya de sobra conocidos, como el desplazamiento de Bujarin –“el favorito del partido”- de la línea de sucesión de Lenin, hasta la lucha contra el trotskismo-zinonievismo, que le permitió a Iosif Vissarionovich Dzhugashvili, consolidar su encumbramiento al poder. Eliminando, de paso, a más de la mitad del Comité Central elegido en el “Congreso de los vencedores”, a comienzos de los ’30.

O capítulos que tuvieron menos prensa, como el rápido auge y la no menos veloz declinación dentro del PCUS de Alexis Kuznetsov, a quien Stalin ubicó como miembro del Politburó, al cabo de la “Gran Guerra Patria”, para dejarlo caer en cuanto éste comenzó a meter el dedo en la llaga de las falencias organizativas de esta estructura, sacándolo de la escena mediante lo que se dio en llamar “el incidente de Leningrado”.

Un incidente enmarcado en el contexto del “zhdanovismo”, corriente encabezada por el entonces secretario del partido, Andrei Zhdanov, que eligió como blanco principal a la intelectualidad acusada de “cosmopolita”, al tiempo que se exaltaba a los “tribunales de honor”. Que hacían recordar, no sin razón, al clima previo a los procesos de Moscú (1936-1938).

Kuznetsov denunció los atisbos de corrupción que empezaban a afectar a los miembros del aparato. En un documento de fines de 1947, consideró inaceptables los “incentivos” que los responsables de las diversas áreas económicas ofrecían a los dirigentes partidarios. Esto era, a su juicio, “esencialmente una forma de corrupción que hacía que los representantes del Partido dependieran de las agencias económicas”. Así le fue: destituido de su cargo en 1950, fue ejecutado al poco tiempo.

El prolijo rastreo de los archivos soviéticos, a los que sólo se obtuvo acceso tras la implosión del sistema político que rigió por más de ocho décadas en Moscú, ofrece, sin duda, al historiador avispado, no pocas sorpresas.

Es difícil, por ejemplo, intentar establecer líneas de continuidad ininterrumpida entre el partido de Lenin y el de Stalin, cuando en el primero se permitía la disidencia aún en medio de la guerra civil (así lo ejemplifica el caso de Osinski-Obolenski, líder de la corriente opositora “centralista-democrática” que, estando movilizado en el frente, publicó en Pravda, en diciembre de 1920, un artículo en el que plantea que es necesario resucitar el partido como organización política una vez concluida la fase militar).

Mitos y prejuicios

Políticamente incorrecto, Lewin no deja títere con cabeza a la hora de barrer con los prejuicios simplistas con los que muchos construyen su visión de la caída de la URSS. Para empezar, asegura que “si el país hubiera sido fiel a algún tipo de totalitarismo, y de haber sido capaz de someterse a él, el régimen habría durado para siempre”, despachando de un plumazo a los que igualan a Stalin con Kruschev y a Brezhnev con Gorbachov.

Luego se niega a asumir al anticomunismo como punto de partida para el estudio de la Unión Soviética: “El anticomunismo –y sus doctrinas derivadas- no es una disciplina histórica, sino una ideología enmascarada de disciplina que no sólo no se correspondía con las realidades del ‘animal político’ en cuestión, sino que, enarbolando la bandera de la democracia, explotó el régimen autoritario (dictatorial) de la URSS en beneficio de causas conservadoras o aún peores”.

Y, por último, enarbola la suprema “herejía” al postular que la Unión Soviética fue cualquier cosa, menos socialista. “El socialismo supone que la propiedad de los medios de producción es de la sociedad, no de una burocracia. Siempre se ha pensado en el socialismo como una etapa más de la democracia política, no como un rechazo. Por ello, seguir hablando de ‘socialismo soviético’ es presentar una auténtica comedia de errores”.

En su opinión, la URSS, en su primera etapa, pertenecía a la categoría de los llamados “Estados desarrollistas”, un modelo que sigue vigente en países como China, India o Irán, donde el poder estuvo antes en manos de antiguas monarquías rurales. Pero esta marca de origen no necesariamente implica que la transición deba derivar a un modelo despótico, “como lo ha demostrado la eliminación del estalinismo en Rusia y el maoísmo en China”.

En este punto, Lewin incluso va más lejos que cualquier otro analista ex post de los hechos, al apuntar que de haber prosperado el fallido intento del ex jefe del KGB Yuri Andropov de reformar el sistema desde adentro, quizás otro gallo pudo haber cantado.

“Alrededor de los años 80, la URSS había alcanzado un nivel de desarrollo económico y social superior al de China, pero el sistema se vio atrapado poco después por su propia lógica destructiva. Las reformas previstas por Andropov podían haberle dado al país lo que necesitaba: un Estado activo y reformado, capaz de seguir adelante con el papel del motor del desarrollo, y capaz al mismo tiempo de renunciar a un autoritarismo ya obsoleto, por cuanto el tejido social había sufrido una profunda transformación”.

¿Ucronía? ¿Simple ejercicio analítico que no es capaz de enmendar por la vía de la hipótesis lo que efectivamente ocurrió? Como sea, lo que nadie puede negar es que Lewin recapitula, con una acuciosidad impresionante y documentos en mano, la sucesión de hechos que condujo al derrumbe de un osado experimento social que gravitó y sigue gravitando aún en la vida de millones de personas.

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Tuesday, February 26, 2008

Una crítica historia de la CIA


Más que leer, devoro con insaciable voracidad un libro que debieran conocer todos quienes aspiran a tener una cabal idea del marco histórico real en el que ha transcurrido la transición del siglo XX al siglo XXI, y los hechos, ya de sobra conocidos, que son su telón de fondo: el fin de los imperios coloniales, la debacle del “socialismo realmente existente” y el surgimiento de un nuevo orden (o desorden, mejor dicho) posmoderno.

El libro se llama “Legacy of ashes. The history of the CIA”, y su autor es Tim Weiner, periodista del New York Times y ganador de un Premio Pulitzer por su trabajo de tres décadas sobre programas de seguridad nacional en Estados Unidos. El volumen en cuestión, que yo sepa al menos, no ha sido traducido aún al español. Pero mi curiosidad no soportaría una espera que puede ser, me temo, más bien larga, de modo que lo leo en inglés, pese a que esta tarea me resulte más lenta que leerlo en castellano.

Aún no he culminado su lectura, pero me tiene completamente atrapado. Se trata, en grandes líneas, de una paciente reconstrucción de la trayectoria de “la Compañía”, desde su nacimiento, el 18 de septiembre de 1947, dos años más tarde de que el Presidente Harry Truman -quien ordenó su creación-, decretara la disolución de la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), liderada por el general William “Wild Bill” Donovan.

La particularidad de este texto, riguroso en extremo, es que está absolutamente basado en citas y documentos auténticos, chequeados con esa acuciosidad enfermiza que tienen los escritores estadounidenses que se ocupan de estas materias. Aquí no hay espacio para la “jaita” o el guitarreo especulativo, que suelen jugarnos malas pasadas a los latinos.

Weiner, hay que decirlo de entrada, no se priva de ser muy crítico de lo que llama los grandes fiascos de la Agencia Central de Inteligencia, los que a su juicio han sido ocultados por la incesante propaganda en su favor. Pero no deja que su opinión ni su sesgo interpretativo interfiera en modo alguno con los datos duros de su prolijo trabajo.

En la solapa del libro se anticipa que su investigación se sustenta en más de 50.000 documentos, tomados de los propios archivos de la CIA, y de cientos de entrevistas con veteranos de la entidad que tiene su sede central en Langley, Virginia, incluidos diez altos cargos de la comunidad de inteligencia. “Toma a la CIA –anuncia- desde su creación después de la II Guerra Mundial, a través de las batallas de la Guerra Fría y la guerra contra el terror, hasta su cercano colapso después del 11/9”.

El tono, como se dijo antes, no tiene sorpresas. Se trata de una “altamente crítica historia de la CIA, que culmina con las más recientes y catastróficas fallas en Irak”, según apunta Mark Bowden, autor de “La caída del halcón negro”. Lo nuevo son las anécdotas que se filtran desde el interior de estos mundos secretos y opacos, donde el juego consiste muchas veces en manipular y acomodar la verdad en función de estrategias de guerra sicológica.

Los primeros 60 años de historia de la CIA demuestran, si uno decide concordar con Weiner, que ésta ha mantenido “una formidable reputación a pesar de su terrible record, enterrando sus equivaciones en archivos ultrasecretos. Su misión fue y es conocer el mundo. Cuando no tuvo éxito en esto, intentó cambiar el mundo. Sus fracasos han dejado, en palabras del Presidente Eisenhower, una ‘herencia de cenizas’”.

En sus páginas se revela que, en principio, cuando Truman creó esta entidad no quería que actuara como una organización de espionaje, sino como un canal de análisis que le abriera las ventanas y el horizonte de la información que necesitaba como líder de una potencia emergente. De entrada, entonces, dice Weiner, la CIA subvierte su visión y misión.

Las semillas de lo que ella será ya estaban, sin embargo, con vida en las postrimerías de la OSS, su organismo madre, pues Donovan, al escribirle a Franlin Delano Roosevelt en noviembre de 1944, proponiéndole la necesidad de una agencia centralizada de inteligencia para tiempos de paz, ya le advierte que “en una guerra global y totalitaria, la inteligencia debe ser global y totalitaria” también.

Entre otras revelaciones, Weiner cuenta cómo la rama de operaciones encubiertas de la CIA fracasó reiterada y persistentemente al enviar grupos paramilitares, que pretendían actuar con la misma lógica de los partisanos antifascistas, a Ucrania, Albania o cualquier otro lugar detrás de lo que Churchill bautizara como el “telón de acero” que dividió a Europa en la época de posguerra.

También explica, de manera a ratos patética, cómo en su momento, en los inicios de la Guerra Fría, la Agencia no tenía ninguna capacidad de saber qué es lo que estaba pasando en Moscú, el centro del “imperio del mal”, al decir de Ronald Reagan, donde sus escasos reclutas eran de un nivel poco menos que insignificante.

No ocurría lo mismo, como ya sabemos en Occidente, donde Stalin consiguió penetrar a sus adversarios y robar los secretos de la bomba atómica que fabricaba EEUU casi desde sus comienzos, mientras la KGB y su predecesora, la NKVD, lograban ubicar a algunos de sus hombres como eficaces “topos” en los principales estratos de decisión del MI 6 (servicio secreto británico), a través de Kim Philby y otros miembros de la elite del Reino Unido.

Otro secreto a voces, pero que Weiner documenta con instrucciones escritas y declaraciones de los protagonistas de los hechos, es confirmado al verificarse cómo la CIA, aliada con El Vaticano y grupos de presión afines, impidió la inminente victoria electoral del Partido Comunista italiano a fines de los años 40, repartiendo dinero a manos llenas, con maletas muy poco discretas, en hoteles de cuatro estrellas.

Del mismo modo, los “cañonazos de un millón de dólares” resultaron útiles y decisivos para equilibrar la situación a su favor en Grecia o en el Japón derrotado. Allí, según el investigador, no se dudó en pactar con antiguos criminales de guerra para echar las bases del Partido Liberal Democrático, que asumió la hegemonía en ese país asiático durante varias décadas.

Pero lo más grave, sin duda, no son tanto sus actuaciones externas, legitimadas de algún modo por la lógica de la confrontación a escala mundial, sino su accionar interno, donde sobrepasó con creces las fronteras de su ámbito natural. De hecho, cuando en 1954 algunos senadores comenzaron a pretender fiscalizar a la Agencia, por diversos motivos, se ganaron un enemigo peligroso.

El propio Joseph McCarthy, campeón del anticomunismo, fue víctima de ello. En el momento en que acusó a la CIA de estar infiltrada por los “rojos”, Allen Dulles, su todopoderoso director, ordenó que las oficinas de varios senadores fueran penetradas con espías o micrófonos (“de preferencia, ambos”). Después de que sus hombres cumplieran la misión, Dulles los felicitó y les dijo “Ustedes han salvado la República”.

Luego vinieron, como se sabe, los “fontaneros” de Nixon, el caso Watergate, etcétera, etc. El precedente, en todo caso, ya existía: un servicio de inteligencia exterior convertido en herramienta para actos de “guerra sucia” en política doméstica.

Weiner cuenta, además, que la CIA sólo accedió a una versión del histórico y famoso discurso de Nikita Kruschev, denunciando los crímenes de Stalin, en el XX Congreso del Partido Comunista de la URSS, en 1956, una vez que los israelíes decidieron pasarle una copia. Y cómo el Mossad ha cobrado esa factura, con los debidos intereses, a lo largo de muchos años.

La pregunta del millón que aparece, a medida que uno se interna en el libro, es: ¿hubiera vencido EEUU a la Unión Soviética en la contienda por la primacía en el mundo multipolar sin la ayuda de la CIA? Weiner sugiere que sí porque, a su juicio, la prueba máxima de su ineficiencia es que no supo ni siquiera predecir la implosión del sistema soviético. Por no hablar del atentado contra las Torres Gemelas.

Es más: revela, sin ambages, de qué modo aparece Saddam Hussein en la política en Irak, tras un golpe de estado que llevó al poder a una facción del Partido Ba’ath en “un tren de la CIA”. Y, claro, también es un hecho histórico y conocido que Osama Bin Laden y el fundamentalismo más radical de alguna forma fueron gestados como muro de contención contra la presencia soviética en Afganistán.

No he llegado aún a la parte que se refiere a la intervención de la Agencia en Chile, en 1973, ni a su papel en el asesinato del ex canciller de Allende, Orlando Letelier, en Washington. Pero todo hace suponer que este trabajo contiene nuevas e interesantes revelaciones al respecto, dada la gran cantidad de material desclasificado que aparece en sus páginas.

En suma, un libro imprescindible que ilumina zonas oscuras de nuestra historia.


*Carlos Monge Arístegui. Escritor y periodista. Contacto: cma2004@vtr.net

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