Transchascarro

El Transantiago es el símbolo perfecto de la transición: un puñado de tecnócratas soberbios que diseñan planes ideales de ingeniería social, los cuales funcionan a las mil maravillas como modelos virtuales, de espaldas a las necesidades y las opiniones de los usuarios, quienes sufren en forma diaria sus efectos.
Ya lo dijo con absoluta claridad Cristián Warnken, en una celebrada columna reproducida en muchos netgroups: existe un abismo de diferencia entre el mundo VIP y el mundo BIP en nuestro país. Vale decir, entre aquellos que jamás en su perra vida se han subido a un micro (a lo sumo, andaban en Metro, cuando éste no había sido invadido aún por el “aluvión zoológico”, con sus molestos olores y feas costumbres), y los que están condenados al transporte público, sin alternativas de ninguna clase.
No quiero plegarme (no me da la gana) al discurso facilongo y machacón de la derecha, que insiste en que ésta es una nueva demostración de la ineptitud del gobierno. Pero está claro que la gente de La Moneda no puede lavarse olímpicamente las manos con respecto a este problema. Y me refiero a los de hoy y también a los de antes, enganchados en una sorda disputa para ver quien sale con menos daños en la pintura a causa de esta verdadera catástrofe.
El jefe de gabinete del ex ministro de Transportes Germán Correa dice que el hombre ya había advertido, en los inicios de los bosquejos del plan, de sus deficiencias. El presidente ejecutivo del Metro, Blas Tomic dice, a su turno, que le van a hacer colapsar su “joyita” europea y primermundista si le siguen metiendo gente a presión.
Y el señor José Yuraszeck -¿se acuerdan de las eléctricas y el fraude cometido con el uso de información privilegiada en la venta de Enersis?- asegura que Tomic renunció a su puesto anterior en Alsacia, una de los principales operadoras del Transantiago, porque sabía que iba a quedar la embarrada cuando el plan pasara de los proyectos a la realidad.
Mientras tanto, uno de los altos ejecutivos de Alsacia, Ricardo Solari, ex ministro del Trabajo de Lagos y compañero de partido de Correa (es uno de los vicepresidentes del PS y se tuvo que “privatizar”, como se sabe, cuando la Presidenta lo bajó de las sillitas musicales de los cargos de confianza), no dice ni siquiera esta boca es mía, practicando la sabia política de mantenerla clausurada a troche y moche. En boca cerrada, está claro, no entran moscas. Tal vez teme que le pase lo de Zamorano, que por tratar de salir a explicar lo inexplicable terminó enredándose más en una madeja mortal que amenaza dejarlo sin aliento.
El bueno de Iván, después de ser abucheado por el respetable público en un concierto de Alejandro Sanz, se sintió obligado a dar la cara y afirmó que fue engañado, tal como el soberano, cuando se le explicaron las supuestas bondades del plan y él aceptó ser su rostro comunicacional.
Alguna reportera desatinada recordó que el ex Real Madrid había cobrado sus nada despreciables dinerillos (se habla de 300 millones) por esta labor de difusión social, pero el otrora goleador merengue ni se mosqueó y sostuvo que si se arreglaban los problemas que están afectando a los usuarios del sistema, él estaba dispuesto a devolver incluso los morlacos que ya había percibido. ¿Quién lo habrá asesorado para dar tan brillante giro a su metida de pata? ¿Enrique Correa o Eugenio Tironi, los spin doctors del Mapu?
Lo cierto es que el maipucino salió con los estoperoles hacia delante, emplazando a los gobernantes a buscar soluciones a corto plazo, como político en campaña o alcalde súbitamente avivado que saca sus propias máquinas a la calle para congraciarse con sus desesperados votantes.
Como sea, detrás de las anécdotas, lo que queda es la sensación indisimulable de que a los ciudadanos de a pie, la inmensa mayoría de este país, los que se levantan a las siete para ir a trabajar y vuelven cabeceando, con suerte, a sus casas, a las seis de la tarde, afirmándose de los pasamanos, en buses que los acarrean como si fueran ganado, les siguen tocando los cojones.
Y hasta aparecen, aprovechándose del pánico, dinosaurios como Manuel Navarrete, que han atravesado indemnes varias glaciaciones, sosteniendo que lo mejor que puede hacerse es reflotar la antigua malla de los recorridos de las micros amarillas, pues todo tiempo pasado –nos pretende hacer creer- fue paradisíaco en lo que a movilización se refiere.
¡Qué cara a prueba de colisiones!, es lo único que se me ocurre decir. Se parece al ministro Sergio Espejo, que es totalmente refractario a las críticas y, haciéndole honor a su apellido, se pregunta: “¡Espejito, espejito... Dime quién es más caradura! ¿Yo o Iván, que se hace el desentendido cuando las papas queman pero igual pasa por caja?”
De todos modos, vuelvo a lo del comienzo: ¿qué mejor metáfora que la del Transantiago de la transición pactada? Viejos cracks, como Navarrete, que quiere ponerle freno a cualquier avance, coexistiendo con la nueva elite concertacionista (el caso de Blas Tomic) que salta de VTR a Alsacia Express, y de ahí al “servicio público”, con una ubicuidad digna de mejores causas.
O tipos como “Willy” Díaz, ex subsecretario de Transportes del gobierno de Ricardo I y ex presidente de EFE en la administración Bachelet, procesado por fraude al Fisco en su momento por pagarse un posgrado en gestión pública en España con fondos de oscuro origen, que ahora reaparece como ejecutivo de una empresa que liquida los buses viejos que quedaron como rezago tras el upgrade del Transchascarro.
Con razón, la gallada protesta contra este manoseo promiscuo donde se mezclan los unos y los otros. Yo, por lo pronto, quería decir que si bien no comparto la nostalgia por las carreras desaforadas de los micreros compitiendo por cortar boletos y echando humo negro por sus tubos de escape, tampoco me voy a plegar a los “modernizadores” que, despreciando a la gente –al pueblo, como se lo llamaba en otra época- hacen cálculos de costos y beneficios sin salir jamás de sus despachos.
Y cometen burrada tras burrada, poniendo los paraderos de las líneas alimentadoras a tres cuadras de las bocas del Metro. O dejando las frecuencias del tren subterráneo durante el fin de semana como si aquí nada hubiera pasado. O dándole el control del flujo de los vehículos a los mismos empresarios que atornillan al revés. Para ir juntando cada vez más presión en la caldera y hacerle creer, en definitiva, a la gilada que con Marinakis estábamos mejor...