Artemio Lupín

Un blog literario, cultural y satírico que pretende practicar la crítica social y de costumbres.

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Friday, March 02, 2007

Casa de citas


La pasión por atesorar cosas es, qué duda cabe, uno de los rasgos distintivos del género humano.

Hay quienes coleccionan estampillas, billetes, cajas de fósforos, latas de cerveza, posavasos, automóviles, tarjetas postales, relojes o lo que fuere. Las posibilidades son infinitas, pero en todos los casos la afición a acumular objetos de la más variada índole está dominada, como una suerte de patrón común, por la avidez de tener una colección deslumbrante, que anule toda probable competencia.

Puedo entender por ello al numismático o al filatelista que exhibe, orgulloso, el producto de sus desvelos, esperando descubrir en la mirada ajena un fulgurante destello de envidia, cuando no de rendida admiración. La pulsión que hace de un hombre un coleccionista es, sin embargo, difícil de descifrar. Supongo que detrás de cada uno de ellos existe un afán particular, que se resiste a los encasillamientos.

En mi caso, también estoy gobernado por esa manía que consiste en recorrer los mercados de las pulgas, con ojo presto y avizor, y mi presa preferida son los libros. Busco, por lo general, biografías, poesía y textos de historia, que acrediten cierta antigüedad, amén del obvio interés por ellos. Me apasiona hurgar entre hojas amarillentas, separar los pliegos con un cortapapeles o el ejercicio sensual de transitar las páginas que antaño transitaron otros dedos, y en las cuales sólo queda acaso la huella de un "ex libris", una dedicatoria o unas líneas subrayadas como patente testimonio de admiración.

De hecho, una de las pérdidas que más he lamentado en mi vida ha sido la de algo que jamás llegué a tener: las obras completas de Rimbaud, en la cuidada edición de La Pléiade, en papel biblia, que se escaparon por poco de mis codiciosas garras en los galpones del Persa Bío Bío. Así, de frustraciones y de logros, está hecha la existencia del que colecta. Dejar pasar una antigua edición de "Las flores del mal" de Baudelaire, pero a su vez tener el buen olfato de quedarse con un tomo de la Historia de Chile de Barros Arana, de 1885, medio descuajeringado por el paso del tiempo pero igualmente una joya.

Una metáfora de la vida misma, con sus aciertos y sus yerros: las oportunidades que se escurrieron entre los dedos y las que fueron coronadas por el éxito. Pero junto a esta excéntrica actividad, a la que se podría llamar de caza mayor, cultivo otra rareza, de carácter más ínfima, que no por eso me resulta menos grata. A saber: la obsesiva tarea de acopiar citas que vaya a saber uno por qué razón provocaron en algún momento a nuestra mente y decidimos, por ende, rescatar del olvido.

Primero, no sin cierta pereza, las apuntaba como al desgaire en algún cuaderno cualquiera. Pero luego, al acceder a un computador y a Internet, descubrí que este fastidioso trámite podía ser abreviado. De pronto supe que, tras la habitual navegación por la inmensa telaraña virtual, no resultaba demasiado complejo copiar las frases que despertaban mi atención o provocaban a mis aletargadas neuronas y volcarlas en un archivo único.

Así, pues, creé uno al que bauticé "Casa de citas", y en él conviven, en abigarrada mezcla, las reflexiones que autores, del más diverso origen, echaron alguna vez a rodar por el mundo. Y que estimé eran dignas de ser extraídas de un río de palabras para ser expuestas como lo que son: pequeños trofeos que reverberan en la memoria, piezas que se niegan al destino perecedero de la mayor parte de los signos escritos.

Y ahí están, como en una pecera. Chocan entre sí y, de vez en cuando, hasta cruzan algún saludo. Colisionan y hacen brotar nuevas reflexiones. Excitan el viejo hábito de pensar. Son, por decir lo menos, absolutamente heterodoxas y no admiten ninguna uniformidad. Hay exponentes de todas las escuelas y doctrinas ideológicas, y me gusta verlas así, en su multicolor diversidad.

Tengo, eso sí, algunas favoritas, y entre ellas una de mis predilectas es una de Tom Waits, cantante y compositor estadounidense, que dice así: "Me siento mejor cuando escribo, es una terapia. Cuando escribes, dejas toda lógica en suspenso. El mundo es como un acuario, las cosas flotan y van dando tumbos de un lado a otro, y las ordenas para que tengan un nuevo significado. Si es que puedes..."

No sé qué opinión les merece, pero a mí me parece notable. Por otra parte, con la misma curiosidad entomológica que Nabokov reservaba para las mariposas, di con un texto del mexicano José Emilio Pacheco, que retrata con justeza los tiempos que vivimos: "Al terror puritano hacia el cuerpo y a su correspondiente fascinación, les debemos los asesinos de mujeres, la pornografía dura, el informe Starr, la comida saludable, las dietas, la exaltación primero y después la prohibición de fumar..."

En mi insectario de oraciones para el mármol no faltan, por cierto, los clásicos. Y se codea una sentencia de Borges -"La noción de texto definitivo pertenece a la religión o el cansancio"- con una de Balzac - "El novelista es el historiador privado de las naciones", sin pasar por alto un aserto de Albert Camus, que es a su modo extremadamente actual: "Un pacifista debe estar al servicio de los que sufren la historia, no de los que la hacen..."

En fin, me deleito con su sabiduría condensada en pocas líneas y siento que estoy abocado a una misión ilimitada en el tiempo y el espacio. De alguna forma, la comparo con la labor de esos pescadores de perlas de Sumatra o algún lugar parecido que, sin otro auxilio que el de sus pulmones, rastrean objetos preciosos en el fondo del océano. Buscarlas, a veces, causa fatiga, y a ratos se experimenta la sensación de estar empeñado en un esfuerzo inútil. Pero cuando tiendes a bajar los brazos o a sacar la cabeza fuera del agua, un nuevo hallazgo te impulsa a zambullirte de nuevo.

Palabras como las de Zbigniew Herbert, que explican, si es que hace falta, el sentido último de la recolección: "No mucho permanecerá de verdad/ no mucho/ de la poesía de este siglo enfermo/ ciertamente Rilke Eliot algunos/ otros grandes chamanes/ que supieron el secreto de conjurar/ una forma con palabras que resisten/ la acción del tiempo/ porque sin esa forma no hay frase/ digna de recuerdo/ y el lenguaje se vuelve como arena"

1 Comments:

Anonymous Juana Carlota de Lambarri said...

Un amigo cineasta peruano cuando algo o alguien le encanta suele decir: Me ha dado en la yema del gusto.
Nada mejor para ilustrar el placer y las ganas de entrar en su " Casa de Citas", literal y metafóricamente hablando. Y volver muchas veces porque a mi también me da en la yema del gusto, Artemio, lo que su pluma escribe y lo que esa lupa refinada y transgresora observa.
Vraiment.

10:21 AM  

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