Artemio Lupín

Un blog literario, cultural y satírico que pretende practicar la crítica social y de costumbres.

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Friday, September 19, 2008

Con Allende en la memoria



Salvador Allende no deja de asombrarnos. Como el Cid, continúa ganando batallas después de muerto. Y su figura se agiganta, año tras año.

No sólo porque ahora, en una votación virtual, a través de Internet, haya sido elegido como el chileno más grande de nuestra historia. Sino porque día a día podemos ver cómo se ha transformado en un símbolo universal de consecuencia extrema con las ideas que alguna vez decidió abrazar: la justicia social y el socialismo.

Entendiendo a este último como una ampliación incesante y progresiva de la democracia que debe también necesariamente proyectarse en una menor desigualdad entre las personas.

Es septiembre, y como es natural en este mes aciago y fulgurante, en el que se mezclan fechas de muy distinto signo para los destinos de la patria, la memoria nos retrotrae hacia el pasado y nos obliga a interrogarnos, una vez más, sobre él.

Tal vez lo primero que haya que decir es que el concurso organizado por Televisión Nacional, sobre un modelo de programa creado por la BBC, forzó muchas veces a las electores a definirse, en blanco y negro y sin ningún tipo de matices de por medio, sobre figuras que en ningún caso son antagónicas.

Tengo la impresión, por ejemplo de que Arturo Prat, el personaje elegido por grupos organizados de nostálgicos de la dictadura militar para ponerle la proa a la elección de Allende como el mejor de nuestros compatriotas, fue una arbitraria e infundada apropiación de un héroe nacional que no es patrimonio de sector político alguno.

Es más, si me apuran, yo diría que la biografía de Prat nos habla de un marino atípico, que no encaja con el molde de un reaccionario elitista, sino, muy por el contrario, alude a un uniformado ilustrado e interesado en los problemas sociales de su época. Un abogado humanista que se preocupó activamente por la educación de las clases populares, lo que le valió incluso el desprecio de algunos de sus pares.

Ahora bien, lo cierto es que si algo tuvo de bueno esta pulseada fue la de generar una suerte de revulsivo o catarsis que provocó opiniones muy polémicas. Ese tipo de opiniones a las que muchas veces intentamos disimular bajo una leve capa de buenos modales.

Estoy pensando, para no ir más lejos, en motes como los de “alcohólico” o “fracasado” que asomaron al debate público, ya no como excrecencias folclóricas de los foros de debate en la web, donde suele aflorar el rostro más primitivo de la intolerancia, sino en alguna infortunada cartilla de TVN, por la cual sus ejecutivos debieron después ofrecer disculpas.

Como sea. Lo concreto es que Allende tuvo, una vez más, una suerte de reivindicación póstuma que lo sitúa en el panteón de las personalidades que, de alguna forma, modelarían lo que se podría llamar el ser nacional chileno. Un panteón en el que, conviene una vez más destacarlo, no se puede operar con mentalidad de “reality”, según la cual destacar a unos vaya en menoscabo de otros.

Y el legado de Allende puede, sin duda, convivir absolutamente en paz con el de Manuel Rodríguez, José Miguel Carrera, Bernardo O’Higgins, José Manuel Balmaceda, Luis Emilio Recabarren o Pedro Aguirre Cerda, con cuya herencia se funde en una sola línea, coherente y consistente, a lo largo de dos siglos de vida independiente.

Pero hay algo más que vale la pena destacar. Y es que Salvador Allende no sólo está ganando la batalla simbólica que lo ubica como un referente indispensable en el imaginario del progresismo mundial.

En estos días hemos visto cómo la cumbre de Unasur en Santiago -donde nueve jefes de Estado de países latinoamericano establecieron una especie de verdadero “cinturón sanitario” para evitar una intentona desestabilizadora en Bolivia-, estuvo llena de gestos en los que se recordó la presencia y la fortaleza de los principios del Presidente mártir, a 35 años de su muerte.

La Presidente Michelle Bachelet llevó a los mandatarios presentes, en la cita realizada en La Moneda, al recientemente restaurado Salón Blanco, donde se conservan elementos que formaron parte de las dependencias en las que trabajaba el primer Presidente socialista en Latinoamérica elegido a través de las urnas, en el edificio construido por Toesca.

Y allí se vivieron momentos de profunda emoción en los que se reafirmó el compromiso de bregar por la mantención de la democracia en Bolivia y vetar cualquier intento de desintegración territorial de ese país, lo cual es visto como una amenaza para la región en su conjunto.

“Se siente, se siente, Allende está presente”, pensaron tal vez en su fuero íntimo, desde sus diferentes visiones, mandatarios como Luiz Inácio Lula Da Silva, Hugo Chávez, Cristina Fernández o Evo Morales, al recorrer las oficinas de La Moneda.

Las mismas que hace tres décadas y media fueron estremecidas por el estruendo de un bombardeo inclemente, en un hemisferio trizado por el fantasma de la Guerra Fría y donde ningún país vecino podía acudir a poner paños fríos sobre la crisis, pues todos ellos comenzaban a sumergirse, con mayor o menor prisa, en los “años de plomo”.

Reconforta saber cuánto han cambiado las cosas desde entonces. Y en ese cambio de escenario el aporte de Allende no es menor. Su decisión de no salir vivo del palacio de gobierno asediado por los golpistas y las llamas, como último símbolo de la legalidad republicana, es una lección ética que no se puede ni se debe pasar por alto.

Quien amaba la vida como ninguno y construyó su lento ascenso político en base a la negociación y al diálogo, puesto en “un trance histórico”, optó por la radicalidad de la inmolación, sabiendo que con su ejemplo iba a probar que el compromiso asumido con su pueblo era más fuerte y perdurable en el tiempo que la efímera victoria de las armas.

*Pablo Correa S. es periodista.

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Thursday, November 01, 2007

“Milico”, una novela imprescindible


José Miguel Varas, Premio Nacional de Literatura del año 2006, es un gran escritor. Y no seré yo el que descubra la pólvora, al hacer una afirmación que casi es de Perogrullo. Lo que me llama la atención, sin embargo, es que acabe de publicar una novela ―“Milico” ―, que le llevó más de diez años de escritura, y la crítica especializada y la prensa no se den por aludidas ante lo que no dudo en llamar un verdadero acontecimiento literario.

“No se oye, padre”, parece ser la única respuesta que es capaz de dar un medio chato y provinciano donde la cultura no es ni siquiera la rueda de auxilio del carro en el que pretendemos ingresar a la modernidad. Salvo (y espero, sin duda, equivocarme para bien de todos), que nuestros críticos todavía no salgan de la conmoción que les ha provocado la lectura de este texto de 366 páginas, editado por LOM. Y en los días venideros seamos testigos de oleadas de ditirambos que celebren su aparición.

Por ahora, no obstante, poco y nada.

Pongo el título de la obra y el nombre del autor en Google, y lo único que sale es algo que escribió Pía Barros, en el sitio Letras de Chile, donde cuenta que le correspondió presentar el libro y que recibió el encargo con cierto pavor. Porque Varas, afirma, “pertenece a una generación que habla y escribe de corrido, no vacila ni tartamudea, como la mía”.

Tengo la suerte de conocer a José Miguel desde hace varios años. Pero no podría decir que me honra con su amistad, porque no sería exacto. Tal vez sería más correcto apuntar que tenemos muchos puntos de afinidad y que somos amigos, aunque “no ejercemos como tales”, por diversas distancias que van desde generacionales hasta geográficas.

Como sea, cuando aún no nos conocíamos personalmente, Varas tuvo la generosidad de comentar muy elogiosamente en los tardíos años 80, desde Moscú, la ciudad en la que entonces vivía, y a través de la revista “Araucaria”, un delgado poemario ―nacido de una destartalada máquina de escribir Olimpia de mi pertenencia, ya que no de mi pluma― que, quién sabe cómo, llegó hasta su exilio moscovita.

Luego, de regreso en Santiago ambos, él desde la estepa rusa y yo desde la más cercana llanura pampeana, un amigo común, Leonardo Cáceres, nos presentó en una peña ubicada en la calle San Isidro, donde el cuñado de Varas, René Largo Farías, intentaba mantener encendida en los 90 la antorcha del folclor en un país que marchaba en otra dirección, encandilado por los malls.

A partir de este precario conocimiento, tuve la temeraria ocurrencia de proponerle en 1996 si acaso accedería a presentar mi primera y hasta ahora única novela, ”Carrera, el húsar desdichado”. Con su imperturbable cara de seriedad absoluta, que esconde sin embargo un acerado sentido del humor, José Miguel no dudó en decirme que sí y la presentó, junto a Rafael Otano, en un auditorio de la Universidad Andrés Bello, en la que entonces yo daba clases de Periodismo.

Por esos días o quizás un poco antes, lo visité en el diario La Época, en Serrano casi al llegar a la Alameda, periódico en el que, entre otras tareas, escribía unos sabrosos relatos que eran publicados con regularidad en la edición dominical del matutino. Me confesó que la estricta periodicidad de las publicaciones lo ponía a veces en un auténtico zapato chino, porque la hora de cierre era un “huevo de Damocles” ―para apropiarme de uno de sus juegos de palabras― que colgaba sobre su cabeza en forma amenazante cada semana.

Sin embargo, este férreo encargo le sirvió, creo yo, para sacar de adentro y afirmar, contra viento y marea, al escritor que siempre había llevado más o menos oculto detrás de los múltiples oficios de periodista, locutor, militante político, etcétera, que la vida y sus circunstancias lo obligaron a llevar a cabo.

Vuelvo a “Milico”, la novela que generó este comentario. Hace once años, José Miguel me habló de este proyecto. Me dijo que tenía la idea de escribir sobre su padre, el coronel José Miguel Varas Calvo, que había sido una “rara avis” en su tiempo. Una mezcla de militar democrático e intelectual, con gran afición por las carreras de caballo, lo que lo hacía al mismo tiempo carrerista y carrerino, como lo evidenciaba su nombre de pila.

La verdad es que se tardó un tiempo en concretar esta idea. Pero bien valía la pena esperar. Este trabajo, que es muy autobiográfico y por momentos una novela en clave con figuras reconocibles de la política de hace unos pocos años, arroja señales inequívocas sobre la identidad profunda de este país.

Uno de sus personajes, el Roto Reilly dice, por ejemplo, después del golpe de 1973: “En el fondo a este pueblo le gustan los uniformes, las marchas y los milicos dando órdenes. ¡Son muy re huevones! Y para qué digo esa sopa de mierda que aquí llaman ‘la clase media’: esos están felices de que vuelva el orden, dispuestos a chuparle el pico a los milicos y a quien sea...”.

En otro diálogo memorable, el padre de “Jaime”, el alter ego de Varas, lo confronta ante la similitud de los militares y los adeptos del Partido Comunista, que no por nada se llaman “militantes” y que se lanzan al asalto del cielo galvanizados en la disciplina cuasi prusiana que requieren tan altos sueños.

De cualquier manera, la perplejidad que me agobia no es tan intensa.

Sospecho que una de los razones por las que nuestra “intelligentsia” ha mirado para el lado al publicarse este libro es que José Miguel Varas, acaso debido a una ética personal heredada en gran parte de ese “milico” viejo que se negó a reprimir a manifestantes en Concepción, o en virtud de esa “comunistancia” ―que rescata Pía Barros y que va mucho más allá de la obediencia religiosa y regimentada de las órdenes de partido―, no pertenece a ningún grupo de poder que lo promueva.

Según el poeta Germán Carrasco, autoexiliado en Argentina, hoy en Chile la plataforma de poder, a nivel cultural, más exitosa, la conforma el circuito eslabonado por el diario El Mercurio, el semanario The Clinic ―que aparentemente sería su contraparte― y el área de letras de la Universidad Diego Portales. Varas, que yo sepa, no es santo de la devoción de esta capilla triangular con gran poder mediático, y ello tal vez incida en que no sea entrevistado ni comentado con la frecuencia que lo son otros.

A la larga, lo cierto es que poco importa.

Reluctante como es a la vida social literaria y a los cócteles, José Miguel acaba de escribir una novela importante e imprescindible para nuestro país. En ella, se recoge, como en todos sus libros, el habla “chilensis”, a la que le ha prestado oídos como nadie, desde textos como “Chacón”, en los tempranos años 70, hasta ahora.

Por ello, su obra terminará por imponerse en el largo plazo a los berridos y berrinches de los “nuevos narradores chilenos”, que aunque tengan como agente a Carmen Balcells no le venden libros a nadie y son de principio a fin tan sólo un fraude.

José Miguel Varas, en cambio, ya está instalado, a mi juicio, en la posteridad. Y si bien no me atrevería a decir, como sostiene la contrapartada de su libro, en lo que se podría llamar un exceso de “merchandising”, que se trate de “la” novela del golpe, pienso que se acerca, como pocas, a la prometeica labor de dar una visión de conjunto de las condiciones que hicieron posible el golpe y el posterior terror institucionalizado en nuestro país.

Por eso es que lamento, desde el fondo del alma, que cierto seudoprogresismo nativo todavía no se haya dado cuenta de su inmenso tamaño como narrador.

Algo que algunos derechistas lúcidos como Gonzalo Vial no han pasado por alto, al encomiar, por ejemplo, sin retacear adjetivos laudatorios, obras suyas tan importantes como “La novela de Galvarino y Elena”. Donde se rescata a quienes nunca salieron en las fotos de la vida social de El Mercurio, pero forman parte por derecho propio, desde la marginalidad a las que los condenó el “establishment”, de la historia grande de este país.

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