Artemio Lupín

Un blog literario, cultural y satírico que pretende practicar la crítica social y de costumbres.

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Tuesday, July 01, 2008

Brasilia, la ciudad-monumento que surgió de la nada



Brasilia es una ciudad robada a la selva. Donde ahora se ve una catedral, una torre o un museo, antes sólo había un follaje impenetrable. Donde hay cemento y autopistas, hubo vegetación. Y de ese mundo antiguo únicamente queda la huella de una tierra purpúrea en la que las excavadoras siguen hundiendo hasta hoy sus fauces insaciables.

Sus autores le dieron forma de avión. Un fuselaje y dos alas: sur y norte, dejando en medio el eje monumental que la articula. Una avenida de amplias proporciones con una ancha explanada en el centro, que desemboca en el Planalto. Como un pájaro que se apresta a levantar vuelo desde la pista de despegue que delinearon los bulldozers,

Llego a Brasilia a mediados de junio, a poco de iniciada la estación de la “seca”, en el invierno del trópico. El aire cálido huele a césped cortado y a humedad. Un cielo celeste y claro circunda el trazado de una ciudad hija y madre de una modernidad despiadada, en la que todo parece estar hecho a una escala mayor que la de los simples mortales.

Dicen que Juscelino Kubitschek dijo “aquí la quiero”, y puso su dedo en un lugar del mapa donde no había nada. Apenas un vasto trozo de jungla, como arrancado de un cuadro del aduanero Rousseau, en el que moraban criaturas salvajes y exóticas.

Todas ellas expulsadas de ese paraíso primal por cuadrillas de obreros que llegaron, desde los cuatro puntos cardinales, para expresar la voluntad de Brasil de ser grande.

Los nuevos bandeirantes arrasaron el jardín del Edén. Quemaron, desmalezaron, exterminaron a jaguares y a animales de los cuales nunca se tuvo noticia sino a través de bestiarios descabellados, atribuidos a magos y nigromantes.

Velaron sus machetes y sus máquinas destructoras a la luz de inmensas fogatas en noches calenturientas y de fiebre incesante. Atrincherados en barracones de zinc, temblaron de terror y no de paludismo u otros males propios de estas latitudes, espantados a ratos de su obra, ante el asedio desigual de la foresta devastada.

En la noche, cuando ningún motor ni ninguna voz de mando los defendía del oscuro manto del silencio, sólo se oía el estrépito del corazón herido de las mesetas del Goiás.

Se escuchaba el polifónico coro de los insectos, el croar de las ranas, el rugido del ocelote, los chillidos de los monos. Y en las sombras centelleaban las siluetas del tapir, el capivara, el uacarí calvo, el cuchumbí, la zarigüeya, la iguana, la boa o el zopilote, rondando los márgenes de una tierra baldía en la que todo verdor había perecido.

Así se entendía, entonces, el progreso: destruir y borrarlo todo a partir de cero para crear, desde la más completa ausencia de sentido o referencia, la promesa de un mundo nuevo. El futuro ya estaba allí y había que inventar un escenario propicio y acorde para esta ilustre visita tan esperada desde siempre.

Para ello se reclutó a millares de nordestinos, mineiros, paulistanos, gaúchos, paranaenses, bahianos, cariocas u hombres del Pantanal o del lejano norte. A indios desarraigados del Amazonas y a campesinos pobres. A inmigrantes europeos, o japoneses o árabes, con poca fortuna pero de brazos y voluntades fuertes, y a los sufridos habitantes de los desolados y yermos páramos del sertão.

A todos ellos se les ofreció una causa y una misión: remover toneladas de tierra roja y todo cuanto la cubría para hacer realidad el sueño de quienes no temían dejar una cicatriz del tamaño del horizonte en su empeño por echar los cimientos de una nueva ciudad del sol.

Ese era el único objetivo de la cruzada laica: limpiar el hosco “cerrado” y sentar las bases de un proyecto que haría posible que unos arquitectos delirantes, gloriosamente osados y de una imaginación desbocada pudieran concebir catedrales que surgen desde el plano como un haz de espigas que se abre hacia la luz.

Así, estos locos visionarios –Oscar Niemeyer y Lucio Costa, entre ellos–, armados de sus planos, y respaldados por el poder político y, en especial, por Kubitschek, alzaron museos que semejan naves especiales que se posaron sobre la ciudad y decidieron quedarse ancladas a ella; enamoradas, tal vez, de esa modernidad lujuriosa y de ese claro anticipo de lo que está por venir que emana de cada uno de sus ángulos y curvas.

Lo que queda de perdurable, en todo caso, además de la belleza y la conmoción estética, es el gesto. El desafío de cumplir, aun con un par de siglos de retraso, la palabra fundacional empeñada de levantar la capital de Brasil en el interior del país y no en sus bordes, por más espléndidos y acogedores que estos fueran.

Y eso ya es suficiente: probar que la voluntad humana es siempre capaz de enfrentar las pruebas más temerarias. Aquellas que, en principio, parecen invencibles. Y que la audacia de las formas es quizás la mejor manera de afirmar, por la vía del arte, que las utopías no han muerto y que, en rigor, nunca han de morir.

Eso, al menos, es lo que se siente cuando se está frente al imponente Pabellón Nacional. Otro haz que se yergue hacia el cielo como una torre, coronando de algún modo la Máquina Brasilia, e integrado en su base por los 27 estados que forman la República Federativa de Brasil.

La misma que en su bandera –y esto conviene, por cierto, no olvidarlo- proclama “Ordem e Progresso”. La fórmula a través de la cual los positivistas del siglo XIX condensaron los postulados básicos de su numen y maestro, Augusto Comte, quien pregonaba: “El amor por principio, el orden por base y el progreso por fin”.

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2 Comments:

Anonymous BZ said...

Debe ser muy interesante habitar en ese espacio futurista, vivir en un museo como parte integrante de la estètica y el progreso del mismo.
Das buena cuenta de ello en una sola pincelada.

Feliz estadía Artemio.

5:30 AM  
Anonymous Anonymous said...

Que buena semblanza la que hace usted, me parece que responde a una excelente visión de futuro, pues dicha mega obra se comenzó en los años 50. Gracias por traer una contemplación de buenas ideas y acción humana.

Saludos desde una oficina del puerto de Valparaíso. ATL

8:54 AM  

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