Artemio Lupín

Un blog literario, cultural y satírico que pretende practicar la crítica social y de costumbres.

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Wednesday, April 02, 2008

La doctrina del shock


Termino de leer un libro que debería ser objeto de intenso debate público en nuestro país, aunque sea en función del ombliguismo que nos aqueja y que nos hace ver apenas poco más allá de nuestras narices.

Me refiero a La doctrina del shock: El auge del capitalismo del desastre, de Naomi Klein, académica canadiense que es uno de los referentes teóricos obligados del movimiento antiglobalización.

Chile es protagonista estelar del mismo, pues la autora de No Logo indica que el golpe de estado de Pinochet y la posterior aplicación de una política económica hegemonizada por los Chicago Boys –los discípulos favoritos de Milton Friedman- fue el punto de arranque de una verdadera contrarrevolución que modeló el mundo que hoy vivimos.

El rediseño radical de nuestra economía, llevado a cabo gracias a la supresión, vía manu militari, de cualquier forma de oposición a esa reconversión, le sirve como “caso testigo” que le permite dar sustento a la hipótesis central que cruza su trabajo.

La tesis de Klein es que el capitalismo ultraconcentrado emplea constantemente la violencia e incluso el terrorismo para reconfigurar a las sociedades a su antojo y maximizar la tasa de ganancias.

Con ella apunta con una estaca de madera hacia el corazón de quienes, como Friedrich Von Hayek, gurú de Friedman, y la Sociedad Mont Pelerin, creen que los mercados desregulados son el único camino que conduce a la libertad y a la prosperidad.

Klein, que alcanzó el puesto undécimo, el más alto logrado por una mujer, en el Sondeo Global de Intelectuales, lista que confecciona la revista Prospect, junto con Foreign Policy, se remite a las pruebas que le entrega la historia reciente.

Para ella, el hilo conductor de la ofensiva neoconservadora, a escala planetaria, es una sucesión de golpes de mano, asestados con decisión y en forma implacable, que contribuyeron a instalar un modelo de dominación imperial cuyas paradigmas políticos fueron en su momento Margaret Thatcher y Ronald Reagan.

Por esto, en las 606 páginas de su libro, parte por contar la alucinante historia de cómo un siquiatra de la Universidad McGill, Ewen Cameron, llevó adelante en los ’50, con el auspicio de la CIA, un experimento destinado a demostrar que era posible lavar el cerebro de las personas.

Las herramientas necesarias para conseguirlo fueron los electroshocks, el aislamiento de las víctimas y el suministro de distintos tipos de drogas con el fin de vencer su voluntad. En el fondo, nada demasiado diferente a lo que hoy se practica en Guantánamo o en las cárceles secretas diseminadas por el mundo, en virtud de la lucha antiterrorista sin tiempo ni espacios determinados.

Estremece leer la entrevista que Klein le hace en su departamento de Montreal a Gail Kastner, quien sufría un leve trastorno sicológico en su juventud, cuando tuvo la desgracia de caer en manos de Cameron, quien la torturó y le provocó daños irreparables que la tienen confinada a una situación de invalidez y dolor permanente.

A causa de esta desalmada manipulación, la CIA fue condenada a pagar una millonaria indemnización. Pero, claro, nadie le devolverá los tramos de vida perdida a Kastner ni a las otras víctimas. Ni la reparará por las pesadillas que hasta el día de hoy sufre cuando recuerda sus padecimientos a manos de este siniestro médico que creía que, a punta de electrodos, podía reconvertir, como él quisiera, la mente humana.

Trascartón, Klein habla del otro “doctor Shock”: de Friedman y sus muchachos, y cómo, con el apoyo de Arnold Harberger, más el aporte de dineros federales, los economistas de la escuela de Chicago comenzaron a hacer de Chile -incluso antes del golpe de 1973- el laboratorio que a la larga hizo que los chilenos cumpliéramos el papel de “conejillos de Indias”, en un experimento de carácter global.

El enfoque del libro, por tanto, también es global. Klein salta de Chile a Polonia, y de Polonia a Sudáfrica, y de ésta a la Rusia de los “oligarcas”, fundada por Boris Yeltsin, o a la pobreza estructural que desnudó el huracán Katrina y a la oportunidad que allí algunos vieron para reconstruir Nueva Orléans al más puro estilo libremercadista.

Repasa, asimismo, lo que llama el “saqueo de Asia” donde los “tigres” fueron castigados por mantener barreras que conspiraban contra un mercado mundial sin limitaciones. Y cuenta la experiencia de Indonesia, Tailandia, Filipinas y Corea del Sur, donde pujantes empresas como Daewoo fueron compradas a vil precio por las multinacionales, una vez que se atacó a su moneda y a su economía en su conjunto.

En el caso de Irak, revela de qué manera “halcones” como Dick Cheney o Donald Rumsfeld eran ya los “pichones” promisorios del Partido Republicano cuando Nixon y Kissinger hacían de las suyas. Y la trama de intereses materiales oculta detrás del ataque a Irak, que a la larga favoreció, sin duda, a empresas como Blackwater o Halliburton.

La conclusión, después de leer este trabajo, es amarga: el mundo está gobernado por tiburones despiadados que no temen conducir a la humanidad al desastre, si es que en el camino se pueden echar unos millones de dólares más el bolsillo.

Nada nuevo, dirán ustedes. Nada que no se sepa de antemano. Pero lo que justifica y da sentido al gasto de tiempo que presupone la lectura de este grueso volumen, es que aquí están sistematizados y reunidos datos que -más allá de cualquier ideologismo o prejuicio previo-, hacen que uno deba tomarse muy en serio lo planteado por Klein.

Se podría decir incluso, para cerrar estas líneas, que su feroz reclamo contra la abusiva concentración de poderes y la “puerta giratoria” que lleva hoy en Washington de la empresa privada a los cargos públicos y viceversa, es antes que nada una postura ética que denuncia a un sistema que traicionó a sus propias bases.

No por nada, Klein cita, por ejemplo, a Franklin D. Roosevelt, quien no dudó alguna vez en alertar contra los que se aprovechan de los conflictos bélicos para su propio beneficio. “No quiero ver ni un solo millonario en Estados Unidos surgido como resultado de este desastre mundial”, dijo Roosevelt en su momento, refiriéndose a la II Guerra Mundial.

Y lo que se pregunta Naomi Klein, con toda razón, es qué habría dicho entonces al ver al vicepresidente Cheney ligado a la corporación Halliburton, con jugosos contratos para la “reconstrucción de Irak”. O al ex secretario de Estado Donald Rumsfeld, con acciones en la empresa que produce un antídoto contra la gripe aviar, en medio de la histeria de un posible ataque biológico que sobrevino luego del 11/9.


*Carlos Monge Arístegui. Escritor y periodista.

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1 Comments:

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3:42 AM  

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